
CUESTIÓN MÍSTICA Y RACIAL NACIONALSOCIALISTA.
Ignacio Ondargáin
NACIONALSOCIALISMO. Historia y Mitos
CAPÍTULO VI
(Texto revisado en diciembre de 2006)
CUESTIÓN MÍSTICA Y RACIAL NACIONALSOCIALISTA
1- Los precursores
2- La teosofía
3- La Ariosofía de Guido Von List
4- La Teozoología de Jorg Lanz Von
Liebenfels
5- La cuestión racial
6- El problema judío
7- La gnosis de los arios y el judío
del Demiurgo
8- El marxismo, la “rebelión
de los esclavos” y la conspiración mundialista
9- El caso Einstein
10- Nietzsche. El profeta del eterno retorno
11- Cristo y la redención de la humanidad. La alquimia racial.
1- Los precursores
A lo largo del siglo XIX,
en Occidente se produce un gran desarrollo científico. Hombres de ciencia y estudiosos realizan ensayos y trabajos sobre las
más diversas cuestiones, proponiendo en cada caso variadas teorías. Entre las materias de estudio, empieza a plantearse la
cuestión racial. Desde un punto de vista científico, se analizan las diferentes características de las razas humanas: su fisionomía,
su actitud espiritual o intelectual. Ya entonces, el poder financiero mundial trataba de imponer la idea de que existiría
una sola raza humana y de que las diferencias raciales serían meramente variedades físicas. Según esta teoría, las diferentes
razas serían únicamente resultado anecdótico de las adaptaciones del hombre al medio. En definitiva, tal y como sucede hoy
en día, este poder mundialista trataba de fundamentar el valor de las personas exclusivamente en su capacidad económica o
financiera. Frente a esta idea, hubieron quienes no dejaron de señalar que las características físicas peculiares de cada
raza se identifican con un ánimo concreto y hacen que las razas sean diversas en sus capacidades, sus cualidades, sus actitudes
y en sus logros, entre otros aspectos. De esta forma, al desarrollarse el estudio racial de la humanidad, reaparecerá toda
una visión del mundo ignorada.
Uno de
los autores que revolucionaría con sus trabajos el mundo científico e intelectual de la época, sería Joseph Arthur Gobineau (1816-1882), conocido como el Conde de Gobineau.
Diplomático y escritor francés, en 1848 inició su carrera diplomática que desarrollaría en Persia, Grecia, Brasil y Suecia.
En 1855, acabó y publicó su monumental obra “Ensayo
sobre la desigualdad de las razas humanas”, la cual es considerada como precursora en el estudio racial de la
humanidad y en la que defiende la decisiva influencia de las razas en el desarrollo de las civilizaciones y de la historia.
Según Gobineau, la raza aria es la
raza ”pur sang” de la humanidad,
la mejor armada para la lucha por la existencia, la más bella, la más enérgica y la que mayor suma encierra de genio creador.
Pero afirma el autor francés que la raza aria ya no existiría en estado puro desde
hace unos dos mil años, debido a la bastardización que ha sufrido por la mezcla con las razas no arias. De esta manera, Gobineau afirma que la humanidad está condenada
a una gradual decadencia hasta el día en que se extinga total y definitivamente
por el agotamiento de la sangre aria, ya que según el autor del Ensayo, sólo en
las naciones con suficiente porcentaje de sangre aria, puede llegar a florecer
la civilización. Para demostrar esto, Gobineau centra su Ensayo en multitud de
ejemplos históricos, desde los antiguos imperios hasta las naciones civilizadas y tribus salvajes de su época. El Ensayo de
Gobineau, tuvo escasos partidarios en la Francia de su tiempo, pues chocaba frontalmente con los dogmas universitarios y la ciencia oficial
de entonces. Las ideas de Gobineau, eran intolerables para esos abanderados del
liberalismo, el igualitarismo y, en definitiva, el mundialismo capitalista. Sin embargo, en la misma Francia, y a contra corriente,
contaba con sus partidarios, como era el profesor Robert Dreyfus, quien en la École des Hautes Études Sociales dio varias
conferencias sobre el Ensayo que levantaron enorme entusiasmo. En 1870, Gobineau
es descubierto por Richard Wagner y sus discípulos y desde entonces, es “adoptado”
por Alemania y en 1898, Ludwig Schemann, lleva a cabo la fundación de la “Gobineau Vereinigung” (Unión Gobinista). Es por entonces cuando la obra de otro genial escritor,
Nietzsche, está en el apogeo de su fama, con su exaltación del hombre de acción
para que junto con la idealización gobiniana del hombre ario, surja en el todavía
brumoso horizonte intelectual de Alemania, la silueta del superhombre.
En ese
mismo periodo histórico anterior a 1914, hubieron otros muchos autores que con su obra contribuyeron a forjar las bases sobre
las que se fundamentaría la cosmovisión nacionalsocialista. Entre estos autores, tenemos a Arthur Schopenhauer, Vacher de Lapouge, Oswald Spengler, Houston Stewart Chamberlain, o el mismo Richard Wagner que citábamos antes.
Wagner, amigo de Gobineau, resumió, tras haber leído el “Ensayo sobre la Desigualdad de las Razas
Humanas” sus ideas sobre esta obra en “Heldentum und Christentum”: “La más noble raza humana,
la raza aria, degenera únicamente, pero infaliblemente, porque, al ser menos numerosa que los representantes de las otras
razas, se ve obligada a mezclarse con ellas, y lo que ella pierde al adulterarse no es compensado por lo que ganan las demás
al ennoblecerse”.
Chamberlain, de noble familia inglesa
y escocesa, hijo de un Almirante de la Royal Navy, estudió
en Versalles y en Ginebra y pasó luego a residir sucesivamente en el Mediodía francés, en Austria y en Alemania. Allí escribió
su obra cumbre: “Los Fundamentos del
siglo XIX”. Este inglés naturalizado alemán, estaba emparentado políticamente con el genial Wagner, y llegó a conocer personalmente al Führer. En 1923 decía que
“Hitler pertenece a las pocas figuras
luminosas, a los hombres completamente transparentes. Hitler se entrega en cada
una de sus palabras y cuando habla dirige su mirada a cualquiera de sus oyentes, nadie puede resistirse a esta fascinante
mirada…” y en 1924 decía: “que en el momento de su mayor desgracia
haya dado Alemania un Hitler, demuestra su vitalidad”. Pensamos que
Chamberlain influyó más acusadamente que Gobineau
en la gestación de la cosmovisión nacionalsocialista. Fue Chamberlain el primero
en estudiar, las circunstancias de la entrada de los judíos en la historia mundial, y fue también el primero en poner en duda
que Cristo fuera de raza judía. Llegó a la conclusión de que el nombre de Galilea,
tierra de origen de Jesús, deriva, en realidad, etimológicamente, de “Gelil Haggoyim”, que significa en hebreo
antiguo “tierra de gentiles”, es decir, “tierra de no judíos”, en que vivían no-judíos. Eran fácilmente
distinguibles, no solamente por su dialecto, sino por su aspecto físico. “La
posibilidad de que Cristo no fuera judío e incluso que no tuviera ni una sola
gota de sangre judía en sus venas es tan grande que es casi vecina su certeza”, escribe en la obra citada. La obra
de Chamberlain se centra en la historia, especialmente desde el siglo XII hasta
el siglo XIX.
Toda esta cosmovisión racial tenía fuertes vínculos con cierta corriente esoterica: la religión y la
visión antigua del mundo, las desaparecidas civilizaciones, la visión mágica de los antiguos imperios perdidos. Desde mediados
del siglo XIX Europa y EEUU vivieron un enorme interés por el ocultismo. En todas partes se creaban fraternidades de estudiosos
del esoterismo, mientras la literatura que divulgaba esta temática experimentaba una difusión sin precedentes. Como elemento
subyacente en la cultura del siglo XIX y principios del XX este movimiento cultural se puede interpretar como una reacción
directa contra el desarrollo del capitalismo y su pragmatismo materialista que desacralizaban el mundo y relegaban la especulación
y la práctica espiritual a un lugar marginal. En Alemania, dicha reacción encontró en el antiguo paganismo germánico una contestación
a la dinámica de la revolución tecnoindustrial que provocaba el traslado masivo de la población rural a las ciudades y la
mecanización de la producción agraria.
2- La teosofía
Cuando,
en el siglo XIX, la cultura ocultista abandona la clandestinidad, es promovida públicamente. Entre sus personajes más destacados,
encontramos a Madame Blavatsky (1831-1891), aristócrata rusa de origen germano,
cuyas concepciones, según algunos estudiosos, parecen haber influido en la elite cultural del NSDAP (Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes).
Hacia finales
del siglo XIX muchos creían que la teosofía era capaz de dar una respuesta superior al problema espiritual del hombre. Sus
ideas se difundieron en todo el mundo, desde el Reino Unido a la India
y EEUU, proponiéndose en principio, como una síntesis de las grandes religiones, impulsada por una especie de hermandad universal
con un elemento oculto. Grupos similares nacieron en los cinco continentes. Blavatsky
había viajado a Oriente, de donde regresó al cabo de diez años con facultades mediúmnicas desarrolladas y con un profundo
conocimiento esotérico. En Nueva York encontró el ambiente idóneo para establecer la Sociedad Teosófica en 1875. Su ideología
pronto se difundió en todo EEUU, Inglaterra, Alemania e India, donde estableció finalmente su sede en 1879.
Las ideas
de Blavatsky se concretaron en ”La doctrina secreta” (1888), que ella veía en la base de todas las antiguas culturas, particularmente
en el egipcia. En 1879, con el cambio de la sede teosófica a la India,
su ideario comenzó a explorar el universo del saber secreto oriental y particularmente del Tíbet. Blavatsky sostenía haber recibido una revelación sobre la existencia de los restos de una antiquísima civilización
que habría florecido en lo que hoy es el desierto de Gobi, pero que lo había tenido que abandonar para vivir en misteriosos
reinos subterráneos. En esta voluminosa obra se describe la evolución humana como una caída desde el estado de gracia divina
inicial al materialismo actual y a cada fase evolutiva se asocia una raza dominante. La autora también utiliza una variada
serie de signos que van desde el “triskel” (como una esvástica pero de 3 brazos en lugar de 4) a la “esvástica”.
Esta última pasaría a formar parte del emblema de la Sociedad
Teosófica.
Durante
esos mismos años se crearon en Alemania innumerables círculos intelectuales de seguidores del wotanismo solar, que sustentaban
ideas sobre el mismo terreno que las teosóficas y reivindicaban tradiciones germánicas. Estas ideas ocultistas llegaron finalmente
a conformar el nazismo a través de dos figuras de gran relieve –Guido von List
y Lanz von Liebenfels–, que son los pioneros de la corriente conocida
como ariosofía y a la que se suele identificar como una reelaboración nacionalista alemana de la teosofía.
3- La Ariosofía de Guido von List
Guido von List (1848-1919) consigue reunir
y agrupar las corrientes y fuerzas antes dispersas del esoterismo pangermánico. Nace en 1848 y desde joven demuestra un especial
interés por los antiguos dioses germánicos, sintiéndose fundamentalmente llamado por Wotán
(=Odín), el Dios de los dioses. Como muchos jóvenes de su edad ingresa en el movimiento
wandervogel –promotor de un íntimo contacto entre hombre y naturaleza a
través de excursiones colectivas– y practica varios deportes en contacto con el medio natural.
Esta actividad
le descubrirá los vínculos entre el hombre y la tierra y experimentará una gran fascinación por los bosques germanos donde
sus antepasados habían combatido. Tanto estas primeras experiencias como los ideales del movimiento wandervogel, quedarán impresos profundamente en su mente y le impulsarán a una indagación histórica para descubrir
los orígenes de la raza germana.
En 1908
funda la Sociedad Guido von List, que se proponía financiar y llevar adelante investigaciones histórico-religiosas,
y se rodea de todos los nombres importantes del esoterismo alemán y países de habla alemana de su época. Este grupo trabaja
para definir un sistema filosófico que debería convertirse en una suerte de teología de la nación alemana en el marco de su
política futura.
Sus ideas
se difundieron por las universidades de la época porque parecían estar en completa
armonía con los ideales völkisch –movimiento popular de signo nacional y
racial– de instauración de una nueva Alemania que englobara a todos los alemanes de Europa. La creación de una élite
oculta guiando a la nación es uno de los aspectos de la teología listiana que encontraremos luego en Heinrich Himmler y la SS.
List creó un círculo de diez personas
que llamó Hoher Armanen-Orden (Alto
Orden Armánico) y los condujo por toda Alemania en una búsqueda de las huellas de Wotan
y de los lugares donde la manifestación de la auténtica sabiduría aria pudiera ser apreciada mediante la meditación y la fusión
con los elementos naturales. Se cuenta que él mismo entraba en trance tocando objetos o que captaba visiones de la antigüedad
aria enfocando la mente sobre un lugar. También las runas se integran en el pensamiento
de List, que las unió con otros símbolos ya mencionados como el triskel o la esvástica.
List los había hallado en las catedrales tardogóticas y advirtió que la mayoría
de los templos cristianos se erigían sobre construcciones paganas anteriores, señalando así los lugares donde se concentraba
la manifestación de una energía wotánica que sólo esperaba el momento oportuno para ser liberada. En su ideología las enseñanzas
teosóficas se funden estrechamente con las ariosóficas. En ambas hallamos la esvástica o cruz gamada, que para List era un signo del acto creador de Dios: una forma solar de energía que se originaba en un centro fijo proyectándose
en el espacio-tiempo.
En la cúpula
de la asociación de List hallamos la presencia de una élite de iniciados. Dicha
jerarquía tenía asignada la tarea de guiar a la sociedad desde su centro oculto. El wotanismo listiano estaba concebido por
tanto en dos niveles, según el difundido sentimiento völkisch; como una unión
política (pangermanismo) de todos los pueblos de raza aria, con la consiguiente separación y expulsión de las razas no arias,
y como la creación de la ciencia oculta de los Armani,
quienes ejercerían como guías espirituales del nuevo Orden ario. La jerarquía de dicha élite aria se estructuraba en tres
grados: aprendiz, compañero y maestro de la Logia. Cada
grado estaba caracterizado por un cierto nivel de iniciación en la Gnosis
y caracterizado por símbolos y palabras específicas.
List organizó una auténtica sociedad
religiosa con el objetivo de especializar ulteriormente los grados de los adeptos. Después de los primeros siete años de noviciado,
en los cuales se leían sagas tradicionales como los Edda y se recibían enseñanzas
teosóficas elementales, los iniciados se trasladaban a otros centros armánicos con el fin de profundizar en el conocimiento
oculto, tras de lo cual se convertirían en maestros y eran puestos al corriente de “los últimos secretos de la Gnosis”. List también
creía que las enseñanzas del Armanismo se habían transmitido secretamente desde los antiguos germanos hasta llegar posteriormente
a los magos del Renacimiento, y de estos hasta nosotros por intermediación de las sectas rosacruces. Formas herméticas de
saber gnóstico se insertaron en la teología de los Armani de diversas formas, como por ejemplo la jerarquía de los diez grados propia de algunos grupos rosacruces
que List asimiló en su Gnosis oculta, considerándolos exponentes del antiguo germanismo.
Kábala aria, rosacrucianismo, Gnosis y enseñanzas mágicas, confluyeron en la ideología völkisch
gracias a Guido von List, que la dotó de solidez estructural, con vistas a reencontrar
el auténtico significado del antiguo saber germano. Sin embargo, las metas materiales del arianismo se debían conseguir a
través de la corriente pangermanista; es decir, la ideología de Deutschand über alles
(Alemania por encima de todo) que propugnaba la independencia nacional de Alemania y la unificación de todos los países alemanes
en un solo Reich que habría de ser la vanguardia de una nueva Europa.
Existe
un hecho diferencial definitivo entre la forma de entender el misticismo habitual y el concepto ariosófico. En el arianismo,
el término “místico” no implica una búsqueda de la fusión con Dios, como por ejemplo ocurre en las corrientes
mayoritarias dentro del judaísmo, cristianismo, islamismo o budismo, sino ”la autorrealización espiritual del individuo integrado a través de la regeneración personal y racial”,
en la convicción de que la sangre es el vehículo portador de un conocimiento secreto –esotérico– que la iniciación
debe despertar y hacer consciente.
4- La teozoología de Jorg Lanz Von Liebenfels
Jörg Lanz Von Liebenfels, el otro gran
teórico de la ariosofía, nació en Viena en 1874. Después de una experiencia como monje cristiano de la Orden del Císter en sus años jóvenes, durante la cual realizó interesantes investigaciones
sobre textos gnósticos y apócrifos, renunció a sus votos y continuó con la elaboración de una teología gnóstica y zoomorfa,
en la cual el mal era identificado con las razas no arias y el bien con la pureza racial aria. Liebenfels abandonó el monasterio de Heilligenkreuz en 1899 y cuatro
años después su nombre era ya conocido por los lectores de numerosas publicaciones “völkisch”
(nacionalistas).
En su ensayo
“Teozoología, o la herencia de los brutos
sodomitas y el elektrón de los dioses” (1905), Liebenfels indaga
diversas teorías e ideas científicas de actualidad en su época para confirmar sus
teorías raciales. Ese mismo año publica un artículo titulado “Antropozoon bíblico” en el que defiende que en un origen, existieron dos humanidades absolutamente
diferenciadas y ajenas la una de la otra. Por una parte, encontramos a los “Hijos
de los dioses” (Teozoa) y por otra parte los “Hijos de los hombres”
(Antropozoa). Los primeros eran los arios, dotados de una espiritualidad pura;
las otras razas procedían de la evolución biológica de los animales. Así, Liebenfels
explicaba la “caída adámica” como la unión sexual de unos con otros.
A raíz de esta caída, la raza aria degeneraría en el mestizaje, perdiendo las facultades divinas, el orden superior y las
capacidades paranormales como la clarividencia o la telepatía, entre otras. El proceso de mezcla racial limitó estas cualidades
a unos pocos descendientes de arios, por lo que recuperar la pureza racial aria equivalía a recuperar el carácter espiritual
de los primeros arios.
Según Liebenfels, los primeros lemurianos –andróginos en un principio– se desarrollaron
en dos sexos y así atrajeron el castigo divino al engendrar monstruos con especies atractivas pero animales. Así lo expuso
en su “Teosofía y dioses asirios” (1907): “Tomaron animales hembras muy
bellos pero descendientes de otros que no tenían ni alma ni inteligencia. Engendraron monstruos, demonios malvados”.
Liebenfels afirma que los atlantes se habían dividido en especies puras y
bestiales, correspondiéndose con los primeros antropoides las primeras y con los monos antropomórficos las segundas: “El error fatal de los antropoides, la quinta raza raiz de los arios –la homo sapiens– había sido
mezclarse repetidamente con los descendientes de los monos”. En esta línea, Goodrick-Clarke señala que “la consecuencia de estos pecados, posteriormente institucionalizados como cultos satánicos, fue la creación
de varias razas mixtas, que amenazaban la autoridad sagrada de los arios”. El error original de los hombres-dioses,
era similar al que encontramos en Génesis-6, cuando “los hijos de Dios bajan
a la tierra y se aparean con las hijas de los hombres”.
Su interés
por los últimos descubrimientos, como los rayos X, la radioactividad y las radioondas, le llevaron a Liebenfels a elaborar una “teología científica” en la
que los dioses representaban la forma más elevada de vida y eran poseedores de poderes especiales de recepción y transmisión
de señales eléctricas provenientes de los órganos situados en las glándulas pituitaria
y pineal, que posteriormente se habrían atrofiado. Esta regresión o involución, como hemos dicho, se derivaba de la unión
de los hombres-dioses con los hombres-bestias y el mestizaje.
La figura
de Cristo fascinaba a Liebenfels,
quien lo veía como un puro exponente ario, e interpretando fragmentos apócrifos
llegó a afirmar que los poderes de los cuales estaba dotado provenían del “elektrón
divino”, una especie de fuerza electro-cósmica que también será conocida como vril.
El mensaje de salvación de Cristo lo interpretaba como un proyecto de purificación de la raza aria, que suponía la necesaria
destrucción de un mundo corrupto para restaurar la Edad de
Oro original. Con este objetivo se debía proceder a purificar y salvaguardar la integridad racial de la raza aria, así como
lanzar una grandiosa cruzada contra la amenaza y la expansión de las “razas demoníacas”. Mediante la adopción
de una doctrina eugenésica, se conseguiría en la práctica hacer renacer el ario, la raza aria original en su más extrema pureza.
La revista
fundada en 1905 por Lanz, Ostara (nombre
de la diosa germana de la Pascua de primavera) tuvo una enorme
difusión en los países alemanes, alcanzando tiradas de más de 100.000 ejemplares. Aparecería en dos series, de 1905 a 1917, con ochenta y nueve números publicados y de 1922 a 1927, con doce números más. Se ha afirmado varias veces que Hitler la leía con gran interés en su juventud y el mismo Liebenfels
dice que el entonces futuro Führer, cuando vivía en Viena, se puso personalmente en contacto con él para conseguir algunos
ejemplares que faltaban en su colección. En esta publicación interesada por la cuestión religiosa y racial, escribían ocultistas
e ideólogos que llamaban a la rebelión contra las ”razas
subhumanas” y en particular contra los judíos, quienes desde el poder financiero mundial, estarían extorsionando
y esclavizando Occidente y la nación germana en particular. La salvación se obtendría mediante el rescate de la antigua sabiduría
aria que había sido difundida por antiquísimas civilizaciones como Hiperbórea y la
Atlántida.
Ostara ofrecía una esperanza de redención
llevando a cabo una política que salvaguardara a la raza aria de las razas subhumanas,
lo cual supondría más tarde la base ideológica de la eugenesia nacionalsocialista.
En un párrafo de esta revista, Liebenfels afirma que: “los arios son la obra maestra de los dioses y están dotados de poderes sobrenaturales y paranormales, emanados de
“centros de energía” y “órganos eléctricos” que les confieren supremacía absoluta sobre cualquier
otra criatura”. En su teología, Lanz von Liebenfels también utilizó
la astrología y definió la historia de la humanidad como una ”guerra entre razas”, cuyo final escatológico era claramente evidente en sus horóscopos. Desde
los años 1960 a 1968 previó una invasión de Europa
por razas no arias que habría de presagiar la destrucción del sistema mundial. A partir de entonces se habría de desarrollar
una regeneración racial. A esta le seguiría un nuevo milenio guiado por una especie de Iglesia Aria, en la cual una élite
iniciada en los secretos del “arianismo”
guiará el destino del mundo. El ideal de una casta de guerreros espirituales como los Caballeros Teutónicos, fue el
antecedente de la Orden Negra que configuraría más adelante
la SS.
En 1907,
Lanz von Liebenfels fundó la O.N.T. (Orden del Nuevo Templo), con sede en el castillo
de Burg Werfenstein y el 25 de diciembre del mismo año, el solsticio de invierno, enarboló el estandarte de la Orden con una esvástica solar. El objetivo de esta era promover la conciencia
racial mediante investigaciones histórico-arqueológicas, estudios religiosos y el restablecimiento de los antiguos rituales
wotánicos. En el castillo se trabajó para crear un museo y monumento antropológico de la raza aria, que sería completado más
tarde por la organización SS-Ahnenerbe. Según la doctrina del arianismo, Liebenfels entendía que para recibir el Grial en custodia era necesario crear una Orden pura. Mediante el Grial, emisor del “electrón de los dioses”, se podría ayudar
al desarrollo y el sostenimiento de las facultades superiores y trascendentes.
La O.N.T. estaba
dividida en varios grados: presbítero, prior, cofrade y otros, que se diferenciaban por los símbolos cosidos en sus túnicas.
A pesar de su naturaleza elitista, sus ideas estaban muy difundidas en Alemania
y Austria, especialmente después de la elaboración cristiana teozoológica, en la cual el Grial
fue asimilado al “elektrón”, el poder divino de los arios. Las teorías raciales de Lanz von Liebenfels se fundamentan en su idea de regeneración y recuperación de la raza aria.
5- La cuestión racial
El nuestro
es un universo en el que todo está en continuo movimiento y transformación. Nada permanece estable ni inalterable y todo en
él avanza o retrocede, asciende o desciende, se fortalece o debilita... El hombre que contempla esta realidad puede sentir
el vértigo de un universo inabarcable y en el que el tiempo no se puede detener. Conocedores de la finitud de todas las cosas
sensibles, algunos hombres a lo largo del tiempo han tratado de encontrar un sentido a este eterno devenir. El transcurrir
del tiempo y de los acontecimientos, las más de las veces pueden parecernos carentes de sentido; es decir, no pareciera existir
un significado más allá de lo puramente anecdótico en lo que somos y en lo que hacemos. Tampoco pareciera haber un sentido
en la historia humana...
Según la
programación moderna, el “hombre” sería básicamente un ser “igual”. Este postulado defiende que todos
nacemos “iguales” y que solamente las diferentes condiciones sociales y de ambiente llegarían a conformar nuestra
personalidad y nuestro ser. Es decir, según inculca el Poder Mundial actual, somos un mero fruto de la casualidad, una anécdota
cósmica carente de cualquier sentido más allá de la dinámica aparente de este mundo. Pero, muy al contrario, podemos ver cómo
todos nacemos diferentes unos de otros. Así, vemos cómo en una misma familia, con unos mismos padres y en un mismo ambiente,
los diferentes hermanos y hermanas, cada uno, tiene una personalidad propia, única e irrepetible. Además, participamos de
elementos cuya naturaleza y dinámica no son de este mundo.
En esta
línea de tratar de hallar una definición a cada realidad, el concepto de “raza” nos está indicando un origen,
un linaje, una “especie” y nos señala un carácter hereditario representado por cierto número de individuos. Con
toda la diversidad marcada por los diferentes individuos que hemos dicho antes, la raza viene a señalar un carácter “colectivo”
marcado por un origen sanguíneo.
De esta
forma, más allá de cada individuo, existiría una “colectividad” que vendría a marcar nuestra condición, nuestro
género y nuestro destino. El sentido de este “destino colectivo” es el que vendría a conformar una unidad dentro
del cuerpo de lo que viene a llamarse “humanidad”.
De los
géneros humanos, por así llamarlos, que existirían dentro de la “humanidad”, la ariosofía entiende que existen
dos polos contrapuestos y antagónicos: por un lado el Ario y por el otro el judío. El Ario es el espíritu que hace
que el hombre se alce sobre la faz de la tierra, mientras que el judío es el virus
destructor que anida principalmente a cobijo de los elementos más débiles e insanos.
Según la
ariosofía, la historia de la humanidad se entendería como una guerra entre razas. En esta guerra hallaríamos contrapuestos
y siempre enfrentados, dos principios antagónicos.
1- Por otra parte,
hallamos las fuerzas luminosas de la
vida, el vigor, la salud y el orden vertical. Representadas por las razas celestes, o de la luz, que participan de la divinidad.
2- Por otra parte,
hallaríamos las fuerzas oscuras de
la muerte, el cansancio, el vicio, la decadencia, la destrucción y el caos. Representadas por las razas nacidas de la tierra, del barro o telúricas.
Las civilizaciones,
en tanto que creación del genio humano, estarían sujetas a la lucha y alternancia de estas fuerzas, de tal forma que, al igual
que lo hace individualmente cada persona, se moverían entre estos mismos principios: las fuerzas de la vida (luminosas) y
las fuerzas de la muerte (oscuras).
Oscar Spengler (1880-1936), decía que
“¡según una ley interna cada pueblo y su cultura debe morir un día, después de
haber conocido su juventud y su madurez!. Igual que un árbol o un hombre van envejeciendo, luego, necesariamente, mueren,
de la misma manera un pueblo debe envejecer y desaparecer”.
Frente
a esta visión pesimista de la historia, los nacionalsocialistas alemanes lucharían y harían todo lo posible por vencer la
decadencia, para lo cual elaboraron una política de higiene racial y social. El Cuaderno de la SS nº 1 de 1939, señala el deber de preservar la raza
y señala lo que serían unos puntos fundamentales:
“La vida exige la victoria constante del fuerte
y el sano sobre el débil y el enfermo. La sabiduría de la naturaleza ha dictado, en consecuencia, tres leyes fundamentales:
1. Los vivos deben siempre procrear en gran
número.
2. En la lucha por la vida sólo sobrevive
el más fuerte. La selección permanente de los fuertes elimina a los elementos débiles o de poco valor.
3. En el conjunto del reino natural, las especies
permanecen fieles a sí mismas. Una especie sólo frecuenta la suya.
Los pueblos que han desaparecido en el curso de la historia son los que han perdido la sabiduría
y las leyes de la naturaleza. Las causas naturales responsables de su debilitamiento y su desaparición son, pues, las siguientes:
1. Falta contra el deber de conservar la especie.
2. Infracción a la ley de la selección natural.
3. Inobservancia de la exigencia de mantener
la pureza de la especie y de la sangre (mestizaje).”
Esta preocupación
por la imparable degeneración de la raza, a todos los niveles y señalada ya a finales del siglo XIX, fue una cuestión que
entonces inquietaría a grandes sectores de la población en los países industrializados de Europa y USA. De este modo, muchos
expertos presentaron a la sociedad el problema y propusieron diversas medidas e ideas. En diversos estados y países, como
USA, ya antes del III Reich, llegarían a aplicarse leyes eugenésicas contra la procreación de enfermos crónicos, débiles y
criminales, así como contra el mestizaje.
Adolf Hitler, en “Mi Lucha” (Volumen I, cap. 11. “La nacionalidad
y la raza”), analiza la función de la raza y de cómo, en su opinión, la decadencia de las civilizaciones sucede por
la pérdida de la integridad racial:
“Todas las grandes culturas del pasado cayeron en la decadencia debido únicamente a que la raza de la cual habían surgido envenenó su sangre.
Es un intento ocioso querer discutir qué raza o razas fueron las depositarias de la cultura humana
y los verdaderos fundadores de todo aquello que entendemos bajo el término “Humanidad”. Pero sencillo es aplicar
esa pregunta al presente, y, aquí, la respuesta es fácil y clara. Lo que hoy se presenta ante nosotros en materia de cultura
humana, de resultados obtenidos en el terreno del arte, de la ciencia y de la técnica es casi exclusivamente obra de la creación
del ario. Es sobre tal hecho en el que debemos apoyar la conclusión de haber sido
éste el fundador exclusivo de una Humanidad superior, representando así “el prototipo” de aquello que entendemos
por “hombre”. El ario es el Prometeo de la humanidad, y de su frente
brotó, en todas las épocas, la centella del Genio, encendiendo siempre de nuevo aquel fuego del conocimiento que iluminó la
noche de los misterios, haciendo elevarse al hombre a una situación de superioridad sobre los demás seres terrestres. Exclúyasele,
y, tal vez después de pocos milenios descenderán una vez más las tinieblas sobre la
Tierra. ¡La civilización humana llegaría a su término y el mundo se volvería un desierto!.
Si se dividiera la Humanidad
en tres categorías de hombres: creadores, conservadores
y destructores de la Cultura,
tendríamos seguramente como representante del primer grupo sólo al elemento ario.
Él estableció los fundamentos y las columnas de todas las creaciones humanas; únicamente la forma exterior y el colorido dependen
del carácter peculiar de cada pueblo. Fue el ario quien abasteció el formidable material de construcción y los proyectos para
todo progreso humano. Sólo la ejecución de la obra es la que varía de acuerdo con las condiciones peculiares de las otras
razas. Dentro de pocas decenas de años, por ejemplo, todo el Asia poseerá una cultura cuyo fundamento último estará impregnado
de espíritu helénico y técnica germánica como la nuestra. La forma externa es la que, por lo menos parcialmente, acusará trazos
de carácter asiático.
Si a partir de hoy cesara toda la influencia aria sobre Japón –suponiendo la hipótesis de
que Europa y América alcanzaran una decadencia total– la ascensión actual de Japón en el terreno científico-técnico
todavía podría mantenerse algún tiempo. Dentro de pocos años, la fuente se secaría, sobreviviría la preponderancia del carácter
japonés y la cultura actual moriría, regresando al sueño profundo, del cual hace setenta años, fuera despertada bruscamente
por la ola de la civilización aria. Esto es porque, en tiempos remotos, también fue la influencia del espíritu ario la que
despertó a la cultura japonesa. (...) Se puede denominar una raza así depositaria, mas nunca, sin embargo, creadora de cultura.
Está probado que, cuando la cultura de un pueblo fue recibida, absorbida y asimilada de razas extranjeras, una vez retirada
la influencia exterior, aquella cae de nuevo en el mismo entorpecimiento.
Un examen de los diferentes pueblos, desde tal punto de vista, confirma el hecho de que, en los
orígenes, casi no se habla de pueblos constructores, sino siempre, por el contrario,
de depositarios de una civilización.
El proceso de su evolución representa siempre el siguiente cuadro: grupos arios, por lo general en proporción numérica verdaderamente pequeña, dominan pueblos extranjeros y gracias a las
especiales condiciones de vida del nuevo ambiente geográfico (fertilidad, clima, etc.), así como también favorecidos por el
gran número de elementos auxiliares de raza inferior disponibles para el trabajo, desarrollan la capacidad intelectual y organizadora
latente en ellos. En pocos milenios y hasta en siglos logran crear civilizaciones que llevan primordialmente el sello característico
de sus inspiradores y que están adaptadas a las ya mencionadas condiciones del suelo y de la vida de los autóctonos sometidos.
A la postre, empero, los conquistadores pecan contra el principio de la conservación
de la pureza de su sangre que habían respetado en un comienzo. Empiezan a mezclarse con los autóctonos y cierran con ello
el capítulo de su propia existencia. La caída por el pecado en el Paraíso tuvo como
consecuencia la expulsión. Después de un milenio, o más, se mantiene aún el último vestigio visible del antiguo pueblo
dominador en la coloración más clara de la piel, dejada por su sangre a la raza vencida y también en una civilización ya en
decadencia, que fuera creada por él, en un comienzo.
De la misma manera que el verdadero conquistador espiritual desapareció en la sangre de los vencidos,
se perdió igualmente el combustible para la antorcha del progreso de la civilización humana. Así como el color de la piel,
debido a la sangre del antiguo Señor, todavía guardó como recuerdo un ligero brillo,
la noche de la vida espiritual también se halla suavemente iluminada por las creaciones de los primigenios mensajeros de la luz. A pesar de toda la barbarie reiniciada, ellas aún continúan allí, despertando en el espectador
distraído la ilusión de un presente, que no es más que un espejismo del legendario ayer.
De este breve esbozo sobre el desarrollo de las naciones depositarias de una civilización se desprende
también el cuadro de la vida y muerte de los propios arios, los verdaderos fundadores
de la cultura en esta tierra. (...) Como conquistador, el ario sometió a los hombres
de raza inferior y reguló la ocupación práctica de éstos bajo sus órdenes, conforme a su voluntad y de acuerdo a sus fines.
Mientras conducía de esta manera a los vencidos para su trabajo útil, aunque duro, el ario
cuidaba no solamente de sus vidas, proporcionándoles tal vez una suerte mejor que la anterior, cuando gozaban de la llamada
“libertad”. Mientras el ario mantuvo sin contemplaciones su posición
de señor fue no sólo realmente el soberano, sino también el conservador y propagador
de la cultura, dado que ésta depende exclusivamente de la capacidad de los conquistadores y de su propia conservación. En
el momento en que los propios vencidos comenzaron a elevarse desde el punto de vista cultural, aproximándose también a los
señores, mediante el idioma, se derrumbó la vigorosa barrera entre el señor y
el siervo. El ario sacrificó la pureza de la sangre, perdiendo así el lugar en el
Paraíso que él había preparado. Sucumbió con la mezcla racial; perdió paulatinamente su capacidad creadora, hasta que
los señores comenzaron a parecerse más a los indígenas sometidos que a sus antepasados arios, y eso no sólo intelectual sino
también físicamente. Pudieron esos señores caídos en el mestizaje disfrutar todavía de los bienes ya existentes de la civilización,
pero luego sobrevino la paralización del progreso y el hombre se olvidó de su origen. Es de este modo como contemplamos la
ruina de las civilizaciones y reinos, que ceden el lugar a otras formaciones.
La mezcla de sangre, y por consiguiente, la decadencia racial son las únicas causas de la desaparición
de las viejas culturas: pues los pueblos no mueren como consecuencia de guerras perdidas, sino por la anulación de aquella
fuerza de resistencia que sólo es propia de la sangre pura incontaminada.
Todo lo que en el mundo no es buena raza, es cizaña.
El antípoda del ario es el judío. La aparente cultura
que posee el judío no es más que el acervo cultural de otros pueblos, corrompido
ya en gran parte por las mismas manos judías. El judío no posee fuerza alguna susceptible
de construir una civilización y eso por el hecho de no poseer, ni nunca haber poseído, el menor idealismo, sin el cual
el hombre no puede evolucionar en un sentido superior. Ésta es la razón por la que su inteligencia nunca construirá ninguna
cosa; por el contrario, actuará sólo destruyendo. Cuanto más, podrá dar un incentivo
pasajero, llegando entonces a ser algo así como un prototipo de una “fuerza que, aun deseando el mal, hace el bien”.
No por él, sino a pesar de él, se va realizando de algún modo, el avance de la
Humanidad.
El judío no es nómada, pues hasta el nómada tuvo ya una noción definida del concepto “trabajo”,
que habría podido servirle de base para una evolución ulterior, siempre que hubieran concurrido en él las condiciones intelectuales
necesarias. El idealismo como sentimiento fundamental, no cabe en el judío, ni siquiera enormemente apagado; es por esto que,
en todos sus aspectos, el nómada podrá parecer extraño a los pueblos arios, pero nunca desagradable. Eso no sucede con el judío. Éste nunca fue nómada y sí un parásito
en el organismo nacional de otros pueblos, y si alguna vez abandonó su campo de actividad, no fue por voluntad propia,
sino como resultado de la expulsión que, de tiempo en tiempo, sufriera de aquellos pueblos de cuya hospitalidad había abusado.
“Propagarse” es una característica típica de todos los parásitos, y así es como el judío busca siempre un nuevo
campo de nutrición.
Con el nomadismo eso nada tiene que ver, porque el judío no piensa en absoluto abandonar una región
por él ocupada, quedándose allí, fijándose y viviendo tan bien acomodado, que incluso la fuerza difícilmente logra expulsarlo.
Su expansión, a través de los países siempre nuevos, sólo se inicia cuando en ellos se dan las condiciones necesarias para
asegurarles la existencia, sin tener necesidad de cambiar de asentamiento como el nómada. El judío es y será siempre el parásito típico, un bicho, que, como un microbio nocivo, se propaga cada vez más, cuando
se encuentra en condiciones adecuadas. Su acción vital se parece a la de los parásitos de la Naturaleza. El pueblo que le hospeda será exterminado con mayor o menor rapidez.
El judaísmo nunca fue una religión, sino un pueblo con unas características raciales bien definidas.
Para progresar tuvo que recurrir bien temprano a un medio para distraer la sospecha que pesaba sobre sus congéneres. ¿Qué
medio más conveniente y más inofensivo que la adopción del concepto de “comunidad religiosa”? Pues bien, aquí
también todo es prestado o, mejor dicho, robado. La personalidad primitiva del judío, por su misma naturaleza, no puede poseer
organización religiosa, debido a la ausencia completa de un ideal y, por eso mismo, de la creencia en la vida futura. Desde
el punto de vista ario, es imposible imaginarse, de cualquier forma, una religión sin la convicción de vida después de la
muerte. En verdad, el Talmud tampoco es un libro de preparación para el otro mundo, pero sí para una vida presente dominante
y práctica”.
La lucha
eterna entre las tendencias o fuerzas luminosas
y las fuerzas oscuras recogida por
la ariosofía y que, como vemos, adoptará en su cosmovisión Adolf Hitler y el nacionalsocialismo,
es una lucha a todos los niveles en todo el universo, en todas sus manifestaciones, que se reproduce en cada ser humano, como
parte e imagen del universo, y en el cuerpo de la misma “humanidad”. Gobineau
en su “Ensayo sobre la desigualdad de
las razas humanas” (Capítulo: conclusión). dice que “un pueblo
tomado colectivamente y en sus diversas funciones, es un ser tan real como si se le viera condensado en un sólo cuerpo”.
Esto es, “como es arriba es abajo, como es abajo es arriba” (“El Kybalion”). La misma ley se repite en todo el universo,
en todas sus manifestaciones. En definitiva, vemos cómo en este universo, todo es sujeto y parte de esta eterna lucha entre
las fuerzas luminosas de la vida y las fuerzas oscuras de la muerte.
Siguiendo
con esta argumentación, podremos ver cómo el virus judío tratará de hacerse con el control de la humanidad, pero su propia
naturaleza vírica le hará imposible dominar el cuerpo sin, a su vez, destruirlo. Tal vez percibiendo esto, el judío tratará
de dominarle, como un vampiro que se aprovecha de la energía vital de su víctima. Puede ser que por un tiempo consigan dominar
este cuerpo enfermo y moribundo (que es la “civilización moderna”), pero finalmente el ciclo se cerrará y todo
ese edificio colapsará, derrumbándose. En el final, las razas de color de la tierra, esto es, las bacterias de la putrefacción,
ahora tan prolíficas devorarán el cadáver de lo que un día fuera una civilización.
Una vez
hayan devorado el cadáver, arruinada la civilización, las razas telúricas, volverán a sus chozas, al caos terrestre del que
un día surgieran y del que su naturaleza forma parte. El virus judío, cumplida su función e infectar y destruir la civilización,
perderá la víctima de la cual succionaba su sustento de vida. Su razón de existir en tal caso, deberá darse por terminada.
Adolf Hitler en “Mi Lucha” (Volumen I, capítulo 3) afirma con la seguridad de un vidente que: “Estudiando la influencia de el judío a través de largos períodos
de la historia humana, surgió en mi mente la inquietante duda de que quizás el destino, por causas insondables, le reservara
el triunfo final.
¿Se le adjudicará acaso la Tierra
como premio a el judío, quien eternamente vive sólo para esta Tierra?.
¿Poseemos nosotros realmente el derecho de luchar por nuestra propia existencia, o tal vez esto
mismo tiene tan sólo un fundamento subjetivo?.
El Destino se encargó de darme la respuesta al penetrar en la doctrina marxista y estudiar la actuación
de el judío.
La doctrina judía marxista niega el principio aristocrático de la naturaleza y coloca, en lugar del privilegio eterno
de la fuerza y del vigor del individuo, a la masa numérica y el peso muerto; niega así en el hombre el mérito individual e
impugna la importancia del Nacionalismo y la Raza, ocultándole
con esto a la Humanidad la base de su existencia y de
su cultura. Esta doctrina igualitarista, como fundamento del Universo conduciría fatalmente al fin de todo orden natural concebible.
Y así como la aplicación de una ley semejante en la mecánica del organismo más grande que conocemos (la Tierra) provocaría sólo el caos, también significaría la desaparición de sus habitantes.
Si el judío, con la ayuda del credo socialdemócrata, o bien del marxismo,
llegara a conquistar las naciones del mundo, su triunfo sería entonces la corona fúnebre de la Humanidad. Nuestro planeta volvería a rotar desierto en el cosmos, como hace millones
de años. La naturaleza
eterna inexorablemente venga la transgresión de sus preceptos. Por esto creo ahora que, al defenderme del judío lucho por
la obra del Supremo Creador.”
6- El problema judío
El
judío lleva a la práctica su naturaleza sin tener piedad alguna con los no judíos y esta actitud ha calado muy hondo en las
naciones en las cuales ha venido a desarrollarse. No es únicamente en Occidente donde al judío se le ha atribuido la reputación
de usurero sin escrúpulos, sino que esta fama la ha ganado en todas las naciones en la que se ha instalado. El libro de “Las mil y una noches”, recoge,
entre numerosos cuentos de diversas tradiciones del mundo islámico, la “Historia de Aladino y la lámpara maravillosa”. Aladino, un niño pobre e inocente, habiendo encontrado
una lámpara mágica, habíale pedido al genio de la lámpara comida para poder alimentarse él y su madre viuda. El genio, siguiendo
sus dictados, se lo había dispuesto en unos platos preciosos. Dice así este cuento:
“Aladino y su madre tuvieron para dos días con los alimentos que les había llevado
el genio. Cuando se hubo terminado la comida, Aladino cogió uno de los platos que le había llevado el esclavo. Era de oro
puro, mas el muchacho no lo sabía. Se dirigió al mercado, y lo vio un judío más malicioso
que el diablo. El muchacho le ofreció el plato, y cuando el judío lo hubo
contemplado, se retiró con Aladino a un rincón para que nadie lo viera. Lo examinó bien y comprobó que era de oro puro. Pero
ignoraba si Aladino conocía o no su precio. Le preguntó: “¡Señor mío! ¿Por cuánto vendes el plato?”. “Tú
sabes lo que vale”, le contestó. El judío permaneció indeciso sobre lo que
había de dar a Aladino, ya que éste le había dado una respuesta de experto. De momento pensó en pagarle poco, mas temió que
el muchacho conociera el precio; luego pensó darle mucho, pero se dijo: “Tal vez sea un ignorante que desconoce su valor”.
Se sacó del bolsillo un dinar de oro y se lo entregó. Aladino se marchó corriendo en cuanto tuvo el dinar en la mano, y el judío comprobó así que el muchacho desconocía el precio del plato. Por esto se
arrepintió de haberle dado un dinar de oro en vez de una moneda de sesenta céntimos. (...)
Aladino, cada vez que se le terminaba el dinero, cogía uno de los platos y se lo llevaba
al judío, el cual los adquiría a un precio irrisorio. Habría querido rebajar algo,
pero como la primera vez le dio un dinar, temió que si le bajaba el precio se marchara el muchacho a venderlos a otro, y él
perdiera tan magnífica ganancia. (...)
Cuando se acabaron los platos, nuevamente Aladino invocó al duende de la lámpara y este
le sirvió una mesa con doce magníficos platos con los guisos más exquisitos y cuando se les hubo terminado el alimento, Aladino
escondió debajo de su vestido uno de los platos y salió en busca del judío para
vendérselo. El destino quiso que pasara junto a la tienda de un orfebre, hombre de bien, pío y temeroso de Dios.
Cuando el anciano orfebre vio a Aladino, le dijo: “Hijo mío, ¿qué es lo que quieres?.
Son ya muchas las veces que te veo pasar por aquí y tener tratos con ese judío,
al cual le das algo. Creo que ahora llevas algún objeto y vas en busca de vendérselo. ¿No
sabes, hijo mío que procuran adquirir los bienes de los musulmanes, de los que creen en el único Dios (¡ensalzado sea!), a
precio regalado, y que siempre engañan a los creyentes?. En especial ese judío,
con el que tienes tratos y en cuyas manos has caído, es un bribón. Si posees algo, hijo mío y quieres venderlo, muéstramelo
sin temor pues te pagaré lo que Dios (¡ensalzado sea!) manda”. Aladino mostró el plato al jeque, y éste lo examinó,
lo pesó en la balanza y preguntó a Aladino: “¿Era como éste el que vendiste al judío?”.
“Sí, era exacto y de la misma forma”. “¿Cuánto te pagaba?”. “Un dinar”.
“¡Ah!. ¡Maldito sea el que engaña a los siervos de Dios (¡Ensalzado sea!)!”.
Miró a Aladino y añadió: “Hijo mío, ese judío ladrón te ha estafado y se
ha burlado de ti ya que esto es de oro purísimo; lo he pesado, y he visto que vale sesenta dinares. Si quieres aceptar su
importe, tómalo”. El viejo orfebre contó los sesenta dinares, y Aladino los aceptó y le dio las gracias por haberle
descubierto el engaño del judío”.
Pero,
más allá de todo el marasmo de tergiversaciones y mentiras, ¿cómo llegó a ser y cuál es el substrato humano sobre el que llegó
a formarse?.
En
primer lugar, deberíamos de tener en cuenta que el judío es la encarnación histórica
y temporal de una corriente contrainiciática que existe desde el inicio de los tiempos. Antes veíamos cómo Hitler en “Mi Lucha”
dice: “Pues bien, aquí también todo es prestado o, mejor dicho, robado. La personalidad
primitiva del judío, por su misma naturaleza, no puede poseer organización religiosa,
debido a la ausencia completa de un ideal y, por eso mismo, de la creencia en la vida futura. Desde el punto de vista ario, es imposible imaginarse, de cualquier forma, una religión sin la convicción de vida después de la muerte.
En verdad, el Talmud tampoco es un libro de preparación para el otro mundo, pero sí para una vida presente dominante y práctica”.
El mundo moderno, es una proyección del Demiurgo-Jehová, a través de su servidor: el judío.
Este mundo virtual está poseído por el materialismo y la ausencia del espíritu divino, porque esta es la naturaleza de su
“Señor”. De hecho, es la inversión absoluta de la divinidad. La contrainiciación se fundamentaría pues, básicamente,
en la negación del ideal divino y de la vida futura o atemporal.
Debido
a las circunstancias históricas sucedidas 150 años antes de Cristo, tras la destrucción de Cartago por Roma, esta corriente
contrainiciática decide la creación de el judío como estrategia para hacerse con
el poder mundial. Desde entonces, el judío habría mantenido su sangre inalterada,
esto es, habría practicado una endogamia visceral. En palabras de Serrano, el
judío “no sería una raza, sino una anti-raza”.
Serrano
afirma que la creación del judío se llevó acabo en “un Pacto de Magia Negra, posiblemente realizado en una “cohabitación mental”. Cohabitación rabínica.
Los rasgos animales de los judíos nos los señalan. Cualquier rostro de dirigente, especialmente de los rabinos, muestran rasgos
de un animal totémico. El pecado cometido es contra las leyes de las sagradas armonías, algo que no puede borrarse.”
(...) “Por ello el judío odia lo bello en la naturaleza. Porque esta belleza
es una nostalgia de Hiperbórea”.
A
lo largo del tiempo, el sacerdocio judío
más “puro” habría mantenido su sangre inalterada. Las diversas
mezclas que habría tenido el “pueblo” judío con no-judíos, habrían sido siempre muy medidas, teniendo
como único fin asegurar su política y sus planes. Según Miguel Serrano, serían
una “cloaca racial”, esto es, una selección a la inversa, una selección
hacia el mal y hacia lo bajo.
Algunos
autores, afirman que el judío sería un ario
degenerado o involucionado. Esta suposición está tomada, tal vez, de las referencias bíblicas a mitos arios, pero ya hemos
visto que la ariosofía entiende esas referencias no como una herencia sino como una usurpación practicada por el judío con el único interés de desarrollar la contrainiciación y la inversión.
Hitler dice que “el judío no es un nómada, sino un parásito”.
Y esto es fundamental al intentar comprender lo que el judío es según la ariosofía,
pues indica que el judío nunca fue un pueblo nómada ni en el 100 antes de Cristo
ni nunca jamás. Si observamos el proceder del judío, nunca lo veremos actuar como
un nómada, pues jamás en la historia ha ejercido el nomadismo, sino que, por el contrario, para poder sobrevivir, siempre
ha necesitado succionar la vitalidad de los pueblos. Su función sería hacerse con el poder de las naciones actuando como un
vampiro, para finalmente acabar destruyéndolas. Para ello se limitaría a desarrollarse y actuar según su propia naturaleza,
llevando a la práctica su política de usura, inversión de todo orden sano y estrangulamiento social y económico de su víctima.
Como
hemos dicho, antes del siglo -II no hay respecto al judío ninguna mención histórica en ninguna parte. Los judíos escribieron
su “Antiguo Testamento”,
con “su historia”, pero es preciso insistir que ninguna crónica histórica de ninguna civilización menciona jamás
la existencia del judío ni los sucesos que ellos pretenden. No existen ruinas
ni restos escritos de su historia, como sí podemos encontrarlos de los hititas,
los sumerios, los egipcios, los asirios, los libios o cualquier pueblo de la región del Mediterráneo oriental. El conocido
como “muro de las lamentaciones” no es obra suya, ni resto de construcción judía alguna, sino ruina ciclópea de
una edificación antiquísima de una civilización perdida. Sus fantasías, o su voluntad de engaño, han situado en ese lugar
“el Templo”. Dato demoledor es que las crónicas egipcias jamás hablan de el
judío, cuando los egipcios se destacaban por dejar escrito todo hecho histórico.
De este modo, nos encontramos con que la historia de el judío sólo existe en el
“Antiguo Testamento”. Pero este fue inventado y escrito por judíos
hace unos dos mil años y nunca antes.
Miguel Serrano en su
libro “Nacionalsocialismo”
(capítulo I: la raza) afirma que “la misma Biblia no les pertenece, un documento
trunco, adulterado, expoliado. Como milagro, se preservan en el Génesis algunos recuerdos antediluvianos, que han logrado
sobrevivir a la falsificación. Los judíos conocieron retazos de este documento incompleto, luego llamado “Génesis”,
y se lo apropiaron tal como harían muchos siglos después con la Kábala germánica, con el “Libro de las Tres Madres”.
Por esto en la Biblia no podemos descubrir nada auténtico
sobre el origen verdadero del judío”.
En
un librito titulado “Manifiesto de los
Eternos al planeta tierra”, referente a la misma cuestión bíblica y su origen, se afirma que “...utilizan la Biblia sin saber cómo fue escrita
realmente. Hace casi dos mil años fue compilada por personas que no estaban capacitadas ni para saber sus propios idiomas,
mucho menos para traducir e interpretar idiomas como el ario del hindustán, el sánscrito, el egipcio, el griego, el persa
y otros. La Biblia no relata la historia de los judíos como muchos piensan, contiene relatos de pueblos
asiáticos y otros. Los relatos atribuidos a los judíos son en su mayoría pertenecientes a otros pueblos”.
El
Profesor Herman Wirth, fundador de la
Ahnenerbe, creía que el judío habría sido una tribu de esclavos
que vivió en la periferia de la hipotética gran civilización aria del Gobi y que cuando esta civilización desapareciera en
un cataclismo, el judío habría seguido como esclavo o parásito-paria el éxodo de los arios (Este dato puede referirse más
bien a los antecesores del judío en el servicio del Demiurgo, pues el judío como “pueblo” no existía entonces).
Posteriormente, siguiendo esta teoría, el judío se habría apoderado de algunos documentos arios y los habría falseado, inventándose
su propia historia nacional, sobre textos sagrados que en muchos casos no hacían referencia a hechos históricos sino iniciáticos.
Pero el judío lo equivocaría todo. Serrano
afirma que “los judíos se apropiaron todo, destruyéndolo, falseándolo, cambiando
el sentido espiritual y geográfico y haciendo desaparecer la conexión extraterrestre y el origen del gran drama del descenso
de los arios nephelin a combatir al Demiurgo en este astro. Y transforman esos
documentos, que ellos han llamado “Biblia”, en un hacinamiento de historias agregadas en “historia nacional
judía”, donde se apropian y falsifican todo, haciendo aparecer a David, a Salomón, a Moisés, como seres reales y como
judíos. Siendo que no lo fueron”.
Llegando
al fondo del misterio, la ariosofía descubriría el horror de la conspiración ante la que nos enfrentamos. Los judíos más “puros”,
en su impureza, son quienes conforman el “Sanedrín Secreto de Israel”: engendros de la Bestia, hijos del “Pacto Satánico”, la sodomita “aristocracia racial
judía”, creaturas y servidores de un Demiurgo-Demonio.
7- La gnosis de los arios y el judío del Demiurgo
En
los siglos anteriores al inicio de nuestra Era las corrientes gnósticas se decantaron por la existencia de una guerra cósmica
entre Luz y Tinieblas, entre el Dios de Amor y el Demiurgo maligno que regiría el mundo de la materia. El judaísmo habría
venido a falsificar y vulgarizar lo que hasta entonces era una gnosis reservada a los iniciados, apropiándosela, adulterándola
e invirtiéndola, sirviendo así al Demiurgo de este mundo, su “dios”.
En
los primeros años del cristianismo, Lucifer era el título aplicado a Cristo (Portador de Luz). Más tarde, el catolicismo,
es decir el judeo-cristianismo, según los libros de Isaías y demás, declaró “maligno” a Lucifer, como enemigo
de Jehová. Una vez más, igual que hizo con todas las “historias” de su biblia, el judío se infiltraba en el conocimiento
espiritual ario para convertirlo en una historieta judía. Nos encontramos así con que el Cristo gnóstico portador de Luz,
Kristos-Lucifer, fue convertido en el Jesucristo judío de los cuatro evangelios “canónigos” del cristianismo oficial.
El Jesucristo católico nos presenta un Cristo judaizado, invertido, terrestrizado y convertido en un judío histórico, hijo
de Jehová y “descendiente de la casa de David”. Es la judaización del
“mito” de Lucifer, según el uso judío de apropiarse, invertir y, en definitiva, convertir en historietas judías
la tradición y el conocimiento ario.
En
el S XII, en el mediodía de Francia, la secta de los cátaros o “hombres puros”, recoge la tradición gnóstica que atribuye al hombre tres naturalezas: el cuerpo,
el alma y el espíritu. El cuerpo sería la residencia del alma y ésta es la morada del espíritu. Frente a la Iglesia romana, los cátaros rechazan el “Antiguo Testamento”, obra y adulteración de el judío y consideran a Cristo como un ser puramente espiritual. Conocemos
sobre todo la herejía por sus detractores, ya que todos los escritos cátaros fueron quemados, y estos nos dan de ella un informe
alterado por los cronistas de la época. No obstante, podemos extraer de ahí sus grandes principios. Su base la constituye
el dualismo, que toma como texto de referencia el “Evangelio
de san Juan”, considerado como el único auténtico, que destaca la oposición eterna entre dos principios: el
bien y el mal. Así, en este mundo, hay un antagonismo entre la materia, que es debida al diablo o Demiurgo, y el espíritu,
que procede de la divinidad, o Dios. Los cátaros, también llamados albigenses, atribuían al Demiurgo de este mundo el reino
terrestre. Éste es el motivo por el cual, al fin de los tiempos, el mundo material será destruido, como está anunciado en
el “Apocalipsis” o Revelación
de san Juan y se instaurará el Reino del Espíritu Santo o del Cristo Cósmico,
el Paráclito. Los cátaros creían que el fin del mundo iría acompañado de catástrofes cósmicas y que de esta forma la obra
del mal sería definitivamente aniquilada. Todo lo que es transitorio sería obra del maligno: por este motivo san Juan lo había denominado Anticristo. En la antigua Persia, Zoroastro y Manes decían que el Dios
de las Tinieblas (el Demiurgo), el Diablo maligno creador de la materia, había dado su Ley a Moisés, el mago malvado.
A
este respecto se refiere también la fundadora de la Teosofía, Mme. Blavatsky, en su obra “Isis sin Velo” cuando dice: “¿Quién es el tentador?. ¿Satanás?. Es aquel genio tutelar que endureció el corazón del rey de Egipto, que infundió
el maligno espíritu en Saúl, que envió mendaces mensajeros a los profetas e indujo a pecar al rey David. Es el bíblico dios
de Israel.”
Según
la ariosofía, la sangre de origen divino provendría de los neters (nephelin, dioses-hombres equivalentes a los annunakis sumerios). Ellos
son los antepasados de la raza aria pura, el verdadero Pueblo Elegido y Divino.
Este linaje divino, que el judío pretende destruir y usurpar, hunde sus raíces
entre otros, en la antigua Summer y en Egipto. Siguiendo su rastro podemos remontarnos al IV milenio a.C. Nadie sabe el verdadero
origen de las culturas sumeria y egipcia. Ambas estaban ya muy desarrolladas hace 6 mil años, pero no existen documentos para
reconstruir su evolución anterior. ¿Cómo fue que en esos tiempos remotos, tan próximos a la prehistoria, habían logrado ya
los asombrosos logros y la asombrosa sabiduría que prueban los restos arqueológicos?. Ellos serían los annunakis, es decir, “los
que descendieron del cielo”, a quienes dichas civilizaciones atribuyeron el origen de su ciencia y de la estirpe
regia y divina.
El judío, tal y como
lo conocemos hoy en día, habría tenido su origen y fundamento en “magos negros”
que inspirados por el Demonio Creador de este mundo y tras sellar un oscuro Pacto de sangre, crearon una “contra-religión”. La identidad de esta divinidad está personalizada en la figura de los Moloch, seres
que exigen sangrientos sacrificios rituales y holocaustos. En definitiva, el culto a Jehová es la unificación religiosa del
culto a Moloch en la figura del Dios Uno. La historia pretendida por el judío no habría existido en ninguna parte, y en ella,
el judío pretendería que los textos de las tradiciones antiguas se refirieran
a él, “pueblo elegido”,
en sus historias, leyendas y conocimientos. Una total adulteración. La entidad con la que establecen su “Pacto de sangre y racista”, será identificada como el “Demiurgo”. A través del Pacto
Satánico, El judío vendría a ser la proyección del Demiurgo y deberá conservar
la vibración de su sangre, no mezclándose con las naciones en que se instale, para mantener la comunicación y comunión con
“Él”. De esta forma podrá seguir siendo su servidor. Según Miguel Serrano,
el Demiurgo ha establecido en el judaísmo una “religión racista de anti-raza”,
“de modo que únicamente así la comunicación sea expedita y se cumpla la promesa
que hiciera al judío de entregarle el dominio del mundo, junto con la destrucción de los divinos arios, de los últimos nephelin”.
Después
de analizar todos estos datos, parecería poder afirmarse que tras esta vasta conspiración mundialista, no se hallaría, como
causa, tan sólo el caos, entendido como un caos fruto de la casualidad, la inercia de las cosas y el sin sentido. Así, excluida
la casualidad, podríamos apreciar que los hilos de este mundo estarían siendo movidos con un propósito inconfesable y una
intención maligna...
8- El marxismo, la “rebelión de los esclavos” y la conspiración mundialista
Habiendo
llegado hasta los más tenebrosos abismos del misterio, podemos comprender cómo la actitud y el proceder del judío no es ni
ha sido nunca la de un nómada, un trabajador ni un esclavo, sino la de un elemento parasitario y destructivo. No obstante,
sí habría fomentado siempre, entre otras estrategias, la “rebelión de los esclavos”,
con el único fin de hacerse con el poder y destruir las sociedades y civilizaciones en que se instala.
Vamos
a ver el caso de las revoluciones marxistas y en general toda la política “igualitarista” del mundialismo moderno.
Ante
todo, el judío necesitaría servirse de elementos no judíos para impulsar
sus planes de dominación, a la vez que de destrucción mundial. Esto no quiere decir que tenga el más mínimo aprecio ni consideración
por esos elementos no judíos: simplemente les consideran “tontos útiles” a su servicio. Ya hace siglos, por ejemplo,
el judío creó la masonería: un mero instrumento bajo su control. Sirviéndose de
la masonería, así como de otras organizaciones bajo su control directo, el judío penetra en los estamentos sociales para ir
carcomiendo la sociedad desde dentro. ¿Cómo consigue siempre penetrar y hacerse con el control de la sociedad?. Mediante el
poder del dinero que hace y deshace todo en este mundo y que, gracias a su labor milenaria, está totalmente en posesión de
los banqueros y usureros judíos.
En
este contexto, podemos entender la verdadera utilidad del marxismo: ser un elemento creado y utilizado por la Alta Finanza Mundial para arruinar las naciones y destruirlas. Una
vez destruidas las sociedades nacionales mediante el marxismo, el judío y sus creaciones mundialistas (multinacionales, instituciones
“supranacionales”...), afianzado sus tentáculos sobre la víctima, la destruirán y saquearán totalmente. Para ello
arrojarán sobre la víctima a las bacterias de la putrefacción, esto es, todo tipo de degenerados y criminales, en nombre de
la “democracia” y la “libertad”. Lo hemos visto con todas las revoluciones marxistas: siempre han
acabado siendo paraísos-pesadillas del capitalismo más salvaje. El marxismo es un arma utilizada por el judío para desquiciar las naciones que no dominan y someterlas a un interminable desasosiego. Los banqueros
judíos y sus instituciones mundialistas destruyen las naciones y todo su entramado social, religioso y familiar, ya que saben
que cualquier elemento que ellos no dominen es peligroso y un día puede llegar a reaccionar convirtiéndose en un problema.
Finalmente, el judío busca destruir a la mismísima persona humana, al individuo,
negando y encadenando su alma y haciendo de él un autómata patético que baila y se mueve según dicta el compás de su interés.
Si el judío consiguiera mantener el poder mundial por mucho tiempo, el mundo acabaría convirtiéndose en una cárcel en la que
las cucarachas serían sus únicos huéspedes.
El
judío Carlos Marx escribió sus obras londinenses por encargo de Nathan Rotschild (banquero judío cuyo apellido significa “protector o escudo de los rojos”). Los cheques
con que este banquero de la Alta Finanza que domina
el mundo pagó a Marx pueden verse en el Museo Británico. Para ahondar más sobre
la cuestión de la conspiración mundialista tras la cual se hallaría la mano y la mente de el judío, existen diversas obras difíciles de conseguir en la actualidad ya que su difusión está prohibida y es
delito de opinión en las “democracias”. No obstante, no hay ningún tipo de persecución contra las ideas marxistas,
ni siquiera las de sus más destacados criminales. Según estos datos que estamos analizando, el marxismo no sería oposición
al Sistema que domina el mundo, sino un elemento destructivo creado y utilizado por la Alta Finanza Mundial para destruir las sociedades humanas. El fin de estos financieros es arruinar
y destruir el entramado social natural, para así crear con total impunidad un sistema económico basado en el prestamismo y
la usura económica que ellos dominan: una suerte de vampirismo económico. Es el Sistema que en la actualidad se halla en,
delante, sobre y tras los regímenes conocidos como “democráticos”. Hoy día el “socialismo marxista”
y el “comunismo” son meros servidores “democráticos” del Sistema Supracapitalista al cual no tienen
la más mínima intención de cambiar. ¿Dónde han quedado sus “utopías” económicas?. Ahora que sus patrocinadores
ya dominan el mundo, ya no hay que cambiar nada, económicamente. Oficialmente, se han “democratizado”. En todo
caso, lo más que harán es servir para terminar con cualquier impedimento final que pueda surgirles a los grandes financieros
para conseguir dominar totalmente el mundo. Y, como siempre han hecho, aunque parezca que ayudan a uno o a otro “paria
de la tierra”, en el fondo sólo son servidores de la Alta Finanza
Mundial. La única tarea que les queda a estos “marxistas” reciclados es terminar de invertir y destruir cualquier
estructura social sana.
En
definitiva, el poder mundial utiliza el marxismo como una pieza más dentro del juego de estrategias de su plan de dominio
absoluto, su Nuevo Orden Mundial, sirviéndose de él según sus intereses, o abandonándolo cuando estima que ya ha cumplido
con el servicio para el que estaba destinado.
La
logia “B’Nai B’Rit”, que viene a significar “Hijos
de la Alianza”, es una secta masónica judía a la que
han pertenecido o pertenecen las personas más destacadas en los órganos de poder del mundo actual. Encontramos aquí a los
Warburg, Rotschild, Rockefeller, Morgan, Kissinger (judío nacido en Alemania) o los jefes
de estado Roosevelt, Churchill o Bush. Los diputados y políticos del mundo “democrático” capitalista,
funcionarios de los gobiernos, banqueros, sindicalistas y demás se sienten estremecidos de poder mezclarse con los poderosos
de la Logia B’Nai B’Rit. Todos reciben la información precisa y los halagos necesarios
para que se sientan honrados de ser fieles servidores de una causa que, en el fondo, desconocen pero de la que creen estar
convencidos totalmente. Sin embargo las decisiones y el auténtico plan se establece a puerta cerrada en una suite de superlujo
donde se reúnen David Rockefeller, el “barón” David Rotschild, Henry Kissinger (en el año 1987) y otras figuras relevantes de la economía y la política internacional.
Lo que ellos decidan será lo que toda esa serie de políticos, sindicalistas, banqueros y demás servidores llevarán a cabo.
Si alguno de estos decide por sí mismo y se opone a las órdenes de los “todopoderosos”, es eliminado. Los verdaderos
amos del mundo, no creen lo de los “derechos humanos”, entre otras cosas, porque es algo que se inventaron para
cubrir las actividades de los agentes que carcomen y destruyen la sociedad tradicional a la que ellos pretenden suplantar.
La sociedad tradicional sucumbe ante el embate de los agentes del crimen y del caos porque ha perdido el vigor y la esencia
y, en consecuencia, su razón de existir. Dirigidos por estos Financieros internacionales, existe todo un entramado de gente
degradada, dominada por bajos instintos y criminales trabajando por la destrucción mundial y escampando el vicio y la pobredumbre
por todas partes. En el mundo moderno, al vicio se le llama libertad y a la degeneración se la cataloga como “arte”.
Sobre estos criminales infrahumanos son de aplicación los “derechos humanos”, pero estos “derechos”
no son de aplicación para quienes se opongan a los intereses de los verdaderos amos del mundo: estos serán destruidos social
y económicamente, o simplemente asesinados.
Los
que dominan la B’Nai B’Rit son los “Iluminados”,
grupo heredero de la “Liga de los Hombres” y fundadores del Club de Roma y la Trilateral.
Su poder se esparce como una mancha de petróleo por todas partes. Su sistema de control extiende sus tentáculos
como un pulpo a través de corporaciones y sociedades interpuestas como el “Lyons International”, el Club de Roma,
el “Council of Foreign Relations” o CFR, o la Trilateral.
Detrás de todas ellas se encuentran los Rotschild y los Rockefeller. Su meta es imponer un gobierno único a la humanidad.
Drogas,
música rock, pornografía, prostitución, política, economicismo, igualitarismo, democracia, desviacionismo sexual, lesbianismo...
el Nuevo Orden Mundial impondrá un “humanismo razonable” a nivel mundial. Este “humanismo” niega el
mundo del espíritu. Se trata de una doctrina que determina que las obligaciones éticas y morales del ser humano se limitan
exclusivamente a sus propias satisfacciones materiales y a sus interrelaciones, sin ninguna otra “cosa”, sino
la satisfacción de sus deseos y pasiones más básicas. Esta Nueva Era, está diseñando paulatinamente una sociedad cada vez
más controlada, a la vez que inculca en la masa la idea de que cada vez es más libre y “democrática”.
En
la cúspide del poder mundial, hallamos el poder efectivo. Recordamos a los Rockefeller
y –más importantes aún– los Rotschild, todos banqueros judíos.
En definitiva, un grupo de quinientos hombres, representantes de los grupos de poder más importantes del mundo actual, está
imponiendo a la humanidad su “Nuevo Orden Mundial”. El propósito que les guía es el mesianismo judío: servir al
Demiurgo en el templo de Jerusalén “reinstaurado”... según el plan detallado en la biblia judía.
Como
causante de toda esta conspiración, el judío intentaría ocultar sus movimientos por todos los medios, a la vez que trataría
de hacerse una imagen de “pueblo” víctima, simpático, inteligente y cabecilla del progreso humano. Esto lo consigue
costeando todo tipo de medios de propaganda, como televisión, cine, prensa, radio, educación escolar (“diario”
de Ana Frank entre otras innumerables lecturas obligadas a los estudiantes)... En toda la propaganda, siempre colocan como
cabecilla de todo a un judío para que se vea bien grande, como referente.
9- El caso Einstein
Vamos a
analizar el caso Einstein como ejemplo actual de uso de manipulación de masas
sobre la población civil. Einstein es un judío nacido en territorio alemán y,
acorde al discurso del Sistema, una “víctima de la intolerancia antisemita”. La propaganda del Sistema Capitalista
le ha convertido en icono de la inteligencia, encumbrándole hasta el puesto más alto en el campo del desarrollo del progreso
científico humano.
No obstante,
sobre esta cuestión hemos de hacer un par de puntualizaciones. En primer lugar, el enfoque de la ciencia actual, una ciencia
que hace tender al hombre hacia el vicio y la degeneración, nos lleva a tener en observación este “reconocimiento”.
En segundo lugar, y ciñéndonos a la personalidad y la labor de Einstein, observamos
que este no hizo más que vivir del conocimiento científico de su tiempo.
Einstein vivió de plagiar a sus “compañeros”
científicos. Y es que el Sistema que domina el mundo y toda su propaganda, a la hora de atribuir a Einstein sus “descubrimientos”, ha tenido en cuenta, exclusivamente, su condición de judío. Veamos el caso de “su“ teoría de la relatividad. La famosa ecuación E = mc2, atribuida oficialmente
al judío en 1905, había sido ya difundida dos años antes por Olimpo de Pretto,
un empresario de Vicenza en la revista científica Atte en un informe sobre la función del éter en la vida del Universo. Einstein fue informado del descubrimiento por el propio empresario italiano. No obstante,
mientras Olimpo de Pretto jamás recibió reconocimiento alguno, el judío recibió
todos los honores habidos y por haber y el “agradecimiento por el bien hecho
a la humanidad” (sic).
Autocomplaciente
y satisfecho de su mal gusto y de sus propias bromitas y tonterías, Einstein parecía
más bien un tipo ridículo, un payaso inofensivo. Pero tras esa “inocente” apariencia, se hallaba un ser capaz
de planificar los mayores y más masivos crímenes y genocidios que la historia actual ha conocido.
Decidido
partidario de la utilización de armas de destrucción masiva sobre poblaciones europeas, finalmente consiguió su objetivo,
en parte, dando impulso definitivo al desarrollo del arma atómica y a su utilización contra las poblaciones civiles japonesas
de Hiroshima y Nagasaki.
La verdadera
personalidad de este “genial” judío no responde a la imagen que la propaganda moderna pretende darnos de él. De
aspecto sucio, mirada huidiza, extraviada y burlona, se reía de todos sus admiradores, quienes, ignorantes, ejercían el papel
de bufones en el teatrillo ambulante de un cruel demonio.
Desordenado, caótico, carente
de método y voluntad para cualquier obra creativa, se daba más a “inspiraciones”, generalmente plagios de otros
que se movían por el mundillo científico de la época.
Mas este genio judío sólo
era firme en una cosa: llevar a cabo como desarrollo práctico de manifestación la plasmación de la mismísima esencia del Mal
sobre el mundo.
Einstein, el mayor responsable de la
muerte de decenas y decenas de miles de personas en Hiroshima y Nagasaki, un crimen que intentó cometer contra la población
europea, pero que, a su pesar, no consiguió.
Su figura
personaliza la esencia del mundo moderno y del Mal: por ello, el Sistema le ha recogido como icono.
10- Nietzsche.
El profeta del “Eterno Retorno”
Vamos a
volver ahora a la cuestión, recogida en este caso por Nietzsche, referente al
tema de la raza pura y de la necesaria purificación racial. En sus estudios, el
filósofo alemán defiende que es la raza y no la moral la que determina las naciones o las personas y entiende que el judeo-cristianismo,
como el marxismo, actúa contra el principio aristocrático de la vida y en beneficio de lo inferior, lo degenerado y lo decadente;
es decir, en beneficio del mal.
En su libro
“El Crepúsculo de los ídolos”,
Nietzsche hace un duro ataque contra el judeo-cristianismo, señalándolo como elemento
infectado y creado por el judaísmo. De esta forma critica cómo, por ejemplo, en la Edad Media, al “cristianizarlos”, se
echaba a perder a los antiguos aristocráticos germanos, bajo la pretendida idea de “mejorarlos”: “Se daba caza en todas partes a los más bellos ejemplares de la “bestia
rubia”, se mejoró por ejemplo a los aristocráticos gemanos. Pero ¿qué aspecto ofrecía luego ese germano “mejorado”
-dice Nietzsche-, llevado engañosamente
al monasterio? El de una caricatura de hombre, el de un engendro: había sido convertido en un “pecador”, estaba
metido en una jaula, había sido encerrado entre conceptos todos ellos terribles... Allí yacía ahora, enfermo, mustio, aborreciéndose
a sí mismo; lleno de odio contra los impulsos que incitan a vivir, lleno de sospechas
contra todo lo que continuaba siendo fuerte y feliz. En suma, un “cristiano”... Dicho fisiológicamente: en la
lucha con la bestia, el ponerla enferma puede ser el único medio de debilitarla. Esto lo entendió la Iglesia: echo a perder al hombre, lo debilitó, pero pretendió haberlo “mejorado”...
En 1888
Nietzsche conoció el “Código de Manú” o “Ley de Manú”.
En parte todavía vigente, es el más antiguo de la India y
comprende las antiguas prescripciones religiosas, morales y sociales. Podemos leer una carta escrita en Turín, en mayo de 1888 a Peter
Gast, en la cual Nietzsche, se refiere a lo importante que es garantizar la pureza
racial, e impedir la amenaza del mestizaje: “Querido amigo... A estas últimas
semanas les debo una enseñanza esencial: he encontrado el “Código Manú” en una traducción francesa, realizada
en la India bajo rigurosísimo control de los más altos sacerdotes
y doctos de allí. Este producto absolutamente ario, un código sacerdotal de la
moral, basado en los “Vedas”, en la idea de casta y en una ascendencia antiquísima, no pesimista, aun cuando sí
sacerdotal, completa de la manera más notable mis ideas sobre la religión. Confieso mi impresión de que todas las otras grandes
legislaciones morales que poseemos me parecen un remedo e incluso una caricatura de esta: ante todo el “egipticismo”,
pero incluso Platón me parece en todos los puntos cardinales, sencillamente bien
instruido por un bramán. Los judíos aparecen en este aspecto como una raza de
chandalas, la cual aprende de sus señores
los principios en que se basan los sacerdotes para alcanzar luego el dominio
y organizar un pueblo... También los chinos parecen haber producido su Confucio
y su Lao-Tse bajo la impresión de este antiquísimo Código clásico. La organización medioeval ofrece el aspecto de un extraño
tanteo destinado a recuperar todas las ideas sobre las que reposaba la antiquísima sociedad ario-india, pero con valores pesimistas, que proceden del terreno de la “decadence
racial”. Los judíos parecen también aquí simples intermediarios, no
inventan nada”.
En el “Crepúsculo de los ídolos” Nietzsche
señala y valora positivamente las leyes raciales de la India
recogidas en la “Ley de Manú”. Dice así: “Tomemos el otro caso de
la llamada moral, el caso de la cría de una determinada raza y especie. El ejemplo más grandioso de esto nos lo ofrece la
moral india, sancionada como religión en la “Ley de Manú”. La tarea aquí planteada consiste en criar nada menos
que cuatro razas: una sacerdotal, otra guerrera, una de comerciantes y agricultores, y finalmente una raza de sirvientes,
los sudras. Es evidente que aquí no nos encotramos ya entre domadores de animales: una especie cien veces más suave y racional
de hombres es el presupuesto para concebir siquiera el plan de tal cría. Viniendo del aire cristiano, que es un aire de enfermos
y de cárcel, uno respira aliviado al entrar en este mundo más sano, más elevado, más amplio. ¡Qué miserable es el “Nuevo
Testamento” comparado con Manú, qué mal huele!. Pero también esta organización tenía necesidad de ser “terrible”,
esta vez no en lucha con la bestia, sino con su concepto antitético, con el hombre “no-de-cria”, el “hombre-mestizo”,
el “chandala”. Y, de nuevo,
para hacerlo inocuo, para hacerlo débil, esa organización no tenía ningún otro medio que ponerlo enfermo, era la lucha
con el “gran número”. Acaso nada contradiga más a nuestro sentimiento que esas medidas preservativas de la moral
india. El tercer edicto, por ejemplo (Avadana-Sastra I), el de “las legumbres impuras”, prescribe que el único
alimento permitido a los chandalas sean los ajos y las cebollas, en atención a
que la Escritura sagrada prohíbe darles grano o frutos
que tengan granos, darles agua o fuego. Este mismo edicto establece que el agua que necesiten no la tomen ni de los ríos ni
de las fuentes ni de los estanques, sino únicamente de los accesos a los charcos y de los agujeros hechos por las pisadas
de los animales. Asimismo se les prohibe lavar sus ropas y lavarse a sí mismos, puesto que el agua que graciosamente se les
concede sólo es lícito utilizarla para aplacar la sed. Finalmente, se prohibe a las mujeres sudras asistir en el parto a las
mujeres chandalas, y asimismo se prohibe a estas últimas asistirse entre sí en
este caso... El éxito de tal política sanitaria no tardó en llegar: epidemias mortíferas, enfermedades sexuales horribles,
y, a consecuencia de ello, de nuevo, la “ley del cuchillo”, que prescribe la castración para los niños, la amputación
de los labios menores de la vulva para las niñas. Manú mismo dice: “los chandalas
(los mestizos o hijos del caos y la confusión racial) son fruto de adulterio, incesto
y crimen (esta es la consecuencia necesaria del concepto de cría). Como vestidos tendrán sólo andrajos de los cadáveres, como
vajilla, cacharros rotos, como adorno, hierro viejo, como culto, sólo espíritus malignos; vagarán sin descanso de un lado
para otro. Les está prohibido escribir de izquierda a derecha y servirse de la mano derecha para escribir: el empleo de la
mano derecha y de escritura de izquierda a derecha está reservado a los virtuosos, a la gente
de raza”. Así dice el Código de Manú”.
“Estas disposiciones son bastante instructivas: en ellas tenemos, por un lado, la humanidad
aria, totalmente pura, totalmente originaria, aprendemos que el concepto “sangre pura” es la antítesis de un concepto banal. Por otra parte, se hace claro cuál es el pueblo
en el que el odio, el odio de los chandalas contra esa “humanidad”,
se ha perpetuado, dónde se ha convertido en “religión”, dónde se ha convertido en “genio”... Desde
este punto de vista los Evangelios son documento de primer rango; y lo es el “Libro
de Enoch”. El cristianismo, brotado de la raíz judía y sólo comprensible como planta propia de ese terreno, representa
el “movimiento opuesto” a toda moral de cría, de la raza, del privilegio: es la “religión anti-aria par excellence”: el cristianismo, transvaloración de todos los valores arios, victoria de los valores chandalas, el evangelio predicado a
los pobres, a los inferiores, rebelión completa de los pisoteados, miserables, malogrados, fracasados, contra “la raza”, venganza inmortal de los chandalas disfrazada
como “religión de amor”...”
11- Cristo y la redención de la humanidad: la alquimia racial
En opinión
de List y Liebenfels, así como de
otros diversos autores como Lagarde y Langbehn, Cristo era un auténtico ario, cuya sangre, derramada por la Lanza de Longino,
fue recogida por el Grial, el cual es considerado como vínculo real con la raza
divina original. La Lanza de Longino clavada en el costado
de Cristo restaura en Él la totalidad que se perdiera cuando en el Paraíso, el Demiurgo Jehová tomara la costilla de Adán
para “proceder a construir de ella una mujer”. Cristo, entonces, reunifica
los pares opuestos, recupera la totalidad, la naturaleza divina que perdiera el hombre al ser dividido y caer en la dualidad
de este mundo. La sangre de Cristo, recogida en el Grial, se ha convertido en
sangre pura e inmortal. Chamberlain, dice que Cristo no tenía sangre judía, pues
Galilea, significa “Tierra de Gentiles”, esto es, de “no judíos”.
Según la ariosofía, los judíos, habrían acabado asesinando a Cristo, siguiendo
los dictados de su propia naturaleza criminal. Cristo habría sido pues, un ario puro, un auténtico hijo de Dios que denunció a los judíos como hijos del Maligno
Jehová y que manifestó sus poderes sobrenaturales y sus milagros gracias al poder del vril
del que está dotado por su naturaleza divina. Si bien, y como sucede con toda revelación divina, con el tiempo gran parte
de su mensaje habría sido pervertido y adulterado, permanecería en él un verdadero mensaje iniciático, aunque no accesible
a la masa, sino a quienes tengan las claves para interpretarlo. Nos estamos refiriendo principalmente, al evangelio de san
Juan.
No obstante,
como hemos visto anteriormente, gnósticos y cátaros afirman que Cristo es un ser espiritual y que nunca encarnó en un cuerpo
de carne de la creación de Jehová. Además, los evangelios canónigos no tienen fundamento alguno: no existe un sólo documento
histórico que hable de la existencia de Jesucristo ni que mencione una sola de las historietas escritas en los evangelios.
Esta falta de acreditación histórica no admite ningún tipo de justificación: la vida y la historia de innumerables personajes,
magos, místicos y demás está perfectamente documentada históricamente con todo tipo de documentos de la época. Pero Jesucristo
no existe para la historia porque no existió nunca más que en la invención judía de los evangelios “históricos”.
La ariosofía
afirma que, para regenerar el mundo, es necesario recuperar la raza aria original.
Sólo así se podrá volver a la Edad de Oro, con la raza aria pura viviendo en perfecta comunión con Dios y llevando a cabo su verdadera naturaleza.
El hermetismo
más esencial y la alquimia entienden que todo progreso en el desarrollo espiritual que realiza una persona en el nivel personal,
ha de estar necesariamente acompañado de una transformación física en el operante. De esto tratan las diferentes vías iniciáticas,
y esta transformación física es el resultado, entre otras cosas, de prácticas de ascesis (ejercicio, gimnasia), endurecimiento,
concentración, meditación, yoga, oración, visualización, purificación y demás. Gustav
Meyrink en su libro “El dominico
blanco” (capipítulo IX: “Soledad”), dice que “el secreto
más profundo de todos los enigmas es la transformación alquímica de la forma.
El camino oculto al renacimiento en el espíritu, mencionado en la Biblia,
es una transformación del cuerpo y no del espíritu. El espíritu se expresa por medio de la forma; la cincela y amplía constantemente,
empleando el destino como instrumento; cuanto más rígida e imperfecta sea, tanto más rígida e imperfecta será la clase de
revelación espiritual; cuanto más agradable y delicada sea, con tanta mayor diversidad se manifestará el espíritu. (...) El
cambio de forma a que me refiero tiene su comienzo en lo oculto, en las corrientes magnéticas que determinan el sistema de
ejes de la estructura corporal; primero cambia la mentalidad del ser, sus inclinaciones e impulsos, y luego sigue el cambio
del comportamiento y con él la transformación de la forma, hasta que ésta se convierte en el cuerpo resucitado del Evangelio.
Es como cuando una estatua de hielo empieza a derretirse desde dentro”. La espiritualización de la materia. Si aplicamos
esta ley espiritual a las sociedades humanas, diríamos que todo desarrollo espiritual de la humanidad, habrá de acompañarse
de una transformación y purificación racial de la misma, ya que las razas vendrían a ser, según la ariosofía, la tendencia
espiritual y la forma que adoptarán en su desarrollo las diversas sociedades. Sólo una adecuada política eugenésica, podrá
conseguir la regeneración y recreación de la raza aria, la cual es el fundamento
espiritual y civilizador de la humanidad. Así pues, se trataría de recuperar los restos involucionados de esta raza aria que aún quedan, ahí donde estén, en las diversas naciones, regiones, familias, individuos, persona a
persona, para purificarlos en un proceso de “alquimia
racial”.
Interesante
es recordar aquí los estudios del barón italiano Julius Évola, (1898-1973) quien,
en su libro “La raza del espíritu”
afirma que “en su aspecto más externo, una idea convertida en estado de ánimo
colectivo e ideal de una determinada civilización dará lugar a un tipo humano casi como con los rasgos de una verdadera y
propia “raza del cuerpo” nueva”. Esto es, según el autor italiano, la raza del cuerpo (la raza física),
vendría a ser el resultado del alma o mente-mentalidad, del individuo y de la nación en su conjunto, lo cual no niega, sino
que liga y confirma el fundamento de que la mente está determinada por la raza: “los
procesos en los que una idea, un estado de ánimo, da lugar a un tipo humano (raza),
son reales y son una extensión de lo que es positivamente hallable en los sujetos individuales”.
Según esta
interesante exposición, la idea, la mente, da lugar a la forma, a la vez que la misma mente está determinada por la forma
en una relación de interdependencia y sincronía: “una idea convertida en estado
de ánimo colectivo e ideal de una determinada civilización dará lugar a un tipo humano casi como con los rasgos de una verdadera
y propia “raza del cuerpo” nueva”.
Así pues,
Évola afirma que también en la cuestión de la raza y de la descendencia, “son de particular importancia los ejemplos de la influencia del estado de ánimo o de una determinada imagen
de la madre sobre el hijo que ella dará a luz y que dejará en él sus rastros”. Es decir, la idea de la madre, el
“idealismo mágico” de la madre, es determinante en la “creación” de su propio hijo.
Continúa
Évola diciendo que “una idea, en
tanto actúe con suficiente intensidad y continuidad en un determinado clima histórico y en una determinada colectividad
(la materia prima “alquímica” sobre la que se actúa es la base racial, la raza existente), termina dando lugar a una “raza del alma” y, a través de
la persistencia de la acción, hace aparecer en las generaciones que inmediatamente le siguen un tipo físico común nuevo, a
ser considerado, desde un cierto punto de vista, como una raza nueva”.
Cuando en este proceso entran
a formar parte los principios más profundos, pertenecientes al plano del espíritu, en el cual, en última instancia, se encuentran
las raíces determinantes y “eternas” de las razas verdaderas y originarias, la raza viene a asentarse sobre un
principio esencial e inmutable.
Es de tal
forma como entiende Évola que la evocación espiritual establecería el contacto
con algo más originario que las meras razas elementales o naturales. Es decir, el tipo verdaderamente puro acabaría manifestándose finalmente por efecto de fuerzas suprabiológicas,
más allá de la simple biología.
Según esta
idea, las razas malsanas degeneradas “subhumanas”, tendrían su gestación y desarrollo en el vicio y el desorden,
mientras que la pureza y la virtud serían la génesis y el motor de la raza aria pura.
En definitiva,
el espíritu y no el elemento alma, es el que debería constituir el punto extremo y fundamental de referencia de la jerarquía
de los tres elementos del ser humano (cuerpo, alma, espíritu) y por ende también el verdadero principio informador en cualquier
civilización verdaderamente “en orden”.
En similar
línea argumental, Lanz von Liebenfels afirma que “una regeneración físico-espiritual tendente a recuperar la naturaleza del ario,
permitiría volver a disponer de la naturaleza física y los órganos electro-espirituales atrofiados en la glándula pineal y
en la pituitaria”. Los ariósofos entienden que el Reino de Cristo de los mil años del “Apocalipsis” de san Juan, hace referencia al tiempo que una nación, sabia y saludablemente gobernada,
necesitaría para regenerar la raza.
Adolf Hitler en “Mi Lucha” (Volumen II, capítulo 2: “el estado”)
viene a refirse a toda la cuestión que venimos tratando, poniendo especial énfasis en la cuestión de la “raza pura”.
La idea de re-creación (a través del proceso “alquímico” de purificación) de la raza aria está presente en este
texto de “Mi Lucha”, donde
expone la idea de crear colonias de raza pura que vendrán a ser el orgullo de toda la nación, hasta conseguir crear una raza
que portará en sí las cualidades primigenias perdidas. Podemos leer todo esto en palabras del mismo libro del Führer:
“Si por ejemplo, en una determinada raza un individuo se cruza con otro de raza inferior,
el resultado inmediato es la baja del nivel racial y, después, el debilitamiento de los descendientes, en comparación con
los representantes de la raza pura. Prohibiéndose absolutamente nuevos cruzamientos
con la raza superior, los bastardos, cruzándose entre sí, o desaparecerían dada su poca resistencia o, con el correr de los
tiempos, a través de mezclas constantes, crearían un tipo en el cual nunca más se reconocería ninguna de las cualidades de
la raza pura. (...)
En el correr de los tiempos, todos esos nuevos organismos raciales, como consecuencia del rebajamiento
del nivel de la raza y de la disminución de la fortaleza espiritual de ahí dimanante, no podrían salir victoriosos en una
lucha con una raza pura, incluso intelectualmente atrasada. (...)
Los productos bastardos entran por sí mismos en un segundo plano a menos que, por el número considerable
por ellos alcanzado, la resistencia de los elementos raciales puros se hubiera vuelto imposible.
El hombre que haya perdido sus instintos superiores, hasta que no reciba un correctivo de la Naturaleza, no será consciente de la pérdida de ese instinto. Existe
siempre el peligro de que el individuo totalmente ciego, cada vez más destruya las fronteras entre las razas hasta perder
completamente las mejores cualidades de la raza superior. Resultará de todo eso una masa informe que los famosos reformadores
de nuestros días ven como un ideal. En poco tiempo, desaparecería del mundo el idealismo. Se podría formar con eso un gran
rebaño de individuos pasivos, pero nunca de hombres portadores y creadores de cultura. La
misión de la humanidad debería, entonces, ser considerada como terminada.
Quien no quiera que la humanidad marche hacia esa situación, se debe hacer a la idea de que
la misión principal de los estados germánicos es cuidar de poner un dique a una progresiva mezcla de razas.
La generación de nuestros conocidos abúlicos e ignorantes de hoy naturalmente gritará y se quejará
de la “ofensa a los más sagrados derechos humanos”.
Sólo existe, sin embargo, un derecho sagrado y ese derecho es un deber para con lo más sagrado,
consistiendo en velar por la pureza racial. Por la defensa de la parte más sana de
la humanidad, se hace posible un perfeccionamiento mayor de la especie humana.
Un Estado de concepción racista tendrá, en primer lugar, el deber de sacar al matrimonio del plano
de una perpetua degradación racial y consagrarlo como la institución destinada a crear
seres a imagen del Señor y no monstruos, mitad hombre, mitad mono.
Toda protesta contra esta tesis, fundándose en razones llamadas humanitarias, es acorde con
una época en la que, por un lado, se da a cualquier degenerado la posibilidad de multiplicarse, lo cual supone imponer a sus
descendientes y a los contemporáneos de estos indecibles sufrimientos, en tanto que, por el otro, se ofrece en las droguerías
(farmacias) y hasta en puestos de venta ambulantes, los medios destinados a evitar la concepción en la mujer, aun tratándose
de padres completamente sanos.
Es deber del Estado Racista reparar los daños ocasionados en este orden. Tiene que comenzar por
hacer de la cuestión de la raza el punto central de la vida general; tiene que
velar por la conservación de su pureza y tiene también que consagrar al niño como
el bien más preciado de su pueblo. Está obligado a cuidar que sólo los individuos sanos tengan descendencia. Debe inculcar
que existe un oprobio único: engendrar estando enfermo o siendo defectuoso, y debe ser considerado un gran honor el impedir
que eso acontezca; pero en este caso hay una acción que dignifica: renunciar a la descendencia. Por el contrario, deberá considerarse execrable el privar a la nación de niños sanos. El estado tendrá que ser el garante de un
futuro milenario, frente al cual nada significan el deseo y el egoísmo individuales. El estado tiene que poner los más modernos
recursos médicos al servicio de esta necesidad. Todo individuo notoriamente enfermo y efectivamente tarado, y, como tal, susceptible
de seguir transmitiendo por herencia sus defectos, debe ser declarado inapto para la procreación y sometido a tratamiento
esterilizante. Por otro lado, el estado tiene que velar porque la fecundidad de la mujer sana no sufra restricciones como
consecuencia de la pésima administración económica de un régimen de gobierno que ha convertido en una maldición para los padres
la dicha de tener una prole numerosa. Se debe liberar a la nación de esa indolente y criminal indiferencia con que se trata
a las familias numerosas y en lugar de eso ver en ellas la mayor felicidad para un pueblo. Las atenciones de la nación deben
ser más en favor de los niños que de los adultos.
Aquél que física y mentalmente no es sano, no debe ni puede perpetuar sus males en el cuerpo de
un hijo. Enorme es el trabajo educativo que pesa sobre el estado racista en este orden, pero su obra aparecerá un día como
el hecho más grandioso que la más gloriosa de las guerras de ésta nuestra época burguesa. El estado, por medio de la educación
tiene que persuadir al individuo de que estar enfermo y ser físicamente débil no constituye
una afrenta, sino simplemente una desgracia digna de compasión; pero que es
un crimen, y por consiguiente, una afrenta, transmitir por propio egoísmo esa desgracia a seres inocentes. Por el contrario,
es una prueba de gran nobleza de sentimientos, del más admirable espíritu de la humanidad, que el enfermo renuncie a tener
hijos suyos y consagre su amor y su ternura a algún niño pobre, cuya salud le dé la esperanza de vivir y ser un miembro de
valor en una comunidad fuerte. En esa obra de educación el estado debe coronar sus esfuerzos tratando también el aspecto intelectual.
El estado deberá obrar prescindiendo de la comprensión o incomprensión, de la popularidad o impopularidad que provoque su
modo de proceder en este orden.
Una prohibición, durante seis siglos, de procreación de los degenerados
físicos y mentales no
sólo liberaría a la humanidad de esa inmensa desgracia sino que, además, produciría
una situación de higiene y de salubridad que hoy parece casi imposible. Si se realiza con método un plan de procreación de
los más sanos, el resultado será la constitución de una raza que portará en sí las
cualidades primigenias perdidas, evitando de esta forma la degradación física e intelectual del presente.
Sólo después de haber tomado ese derrotero es cuando un pueblo y un gobierno conseguirán una mejor
raza y aumentarán su capacidad de procreación, permitiendo después a la colectividad gozar de todas las ventajas de una raza
sana, lo que constituye la mayor felicidad para una nación.
Es preciso que el gobierno no deje al azar a los nuevos elementos incorporados a la nación, sino,
que por el contrario, los someta a determinadas reglas. Deben ser organizadas comisiones que tengan a su cargo dar instrucciones
a esos individuos, informes que obedezcan al criterio de pureza racial. Así se formarán
colonias cuyos habitantes todos serán portadores de la sangre más pura y, al mismo tiempo, de gran capacidad. Será el más
preciado tesoro de la nación. Su progreso debe ser considerado con orgullo por todos, pues en ellos están los gérmenes
de un gran desarrollo nacional y de la propia humanidad.
Apoyada en el estado, la ideología racista logrará a la postre el advenimiento de una época mejor,
en la cual los hombres se preocuparán menos de la selección de perros, caballos y gatos que de levantar el nivel racial del hombre mismo”.
Después
de mucho buscar y profundizar en la cuestión, hemos podido llegar a entender que la ariosofía, es una emanación y recuperación
de los antiguos conocimientos y religiones iniciáticas y paganas. Cristo es, en
la ariosofía, un iniciado regio, equivalente del dios Wotan.
En esta
línea, Nietzsche, como “profeta del Eterno Retorno”, se proclama mensajero
de la vida. Nietzsche nos enseña a sentir y a participar del entusiasmo por todo
lo que hace al hombre digno de vivir. Y de esta dignidad sólo participa el ser humano inteligente, despierto, sano, fuerte,
alegre, orgulloso y aristocrático. Con el recuerdo de los hiperbóreos y la divinidad perdida, escribe en “El Anticristo”:
“Mirémonos a la cara.
Nosotros somos hiperbóreos, sabemos muy bien cuan aparte vivimos.
Ni por tierra ni por agua encontrarás el camino que conduce a los hiperbóreos; ya Píndaro supo
esto de nosotros…”.
“Más allá del norte, del hielo, del hoy,
más allá de la muerte,
aparte–
¡nuestra vida, nuestra felicidad!
Ni por tierra
ni por agua
puedes encontrar el camino
hacia nosotros los hiperbóreos:
así lo vaticinó de nosotros una boca sabia”
En la contienda
cósmica a la que hemos venido refiriéndonos, la ariosofía tiene por fin recrear al hombre ario: verdadero hijo de los dioses.
El ario, cuya sangre pura dio existencia a la Edad de Oro,
aportó a la humanidad su sangre, “fuego de los dioses”. Este fuego
divino (la sangre pura), otorgó a la humanidad la capacidad de civilización y el conocimiento. El conocimiento viene a ser el reflejo del mundo divino, el cual llega a existir sobre la tierra mediante la “memoria de la sangre” de los arios. Esta “memoria de la sangre” aria es el recuerdo del Paraíso. Las tradiciones antiguas hablan del final
de los tiempos que ha de preceder al retorno de los hijos de los dioses.
Hasta entonces,
permanecemos atentos a los signos que nos indican la evolución y el alcance final del proceso.
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